Caracolas & Piedras

sábado, noviembre 07, 2015 0 comentarios
NOTA: Segunda publicación (y corrección) del post, publicado originalmente hace ya unos años.


Hay gente que colecciona sellos (que luego resulta, que en realidad eran cromos), chapas de Coca Cola, tebeos, botellas de cerveza, billetes de quinientos, yo que sé... cualquier cosa, que por lo que sea, a uno le traslade a otros tiempos, a tiempos mejores, a tiempos felices, o simplemente por padecer una especie de síndrome de Diógenes discriminatorio.  Aunque en realidad me temo, que el motivo primario es, la falsa ilusión que da dejar miguitas de pan en el camino de la vida con la idea de mirar atrás y ver el camino de regreso a casa. Lo andado.

No me atrae coleccionar algo (bueno, realmente nada) que sé que es perecedero. Tarde o temprano todos esos recuerdos se van para siempre y eso, es como, ya sé que la comparación es odiosa, pero, como comprar un cachorro que sabes que a los diez años tendrás que "sustituir" por otro... las fechas de caducidad  me "caducan a su vez el ánimo de comprar el yoghourt", no sé si me explico.

De ahí mi amor por las piedras, las conchas o mi debilidad; las caracolas de mar. Coger una piedra, cualquiera que encuentres, por ejemplo en la playa, y tenerla en la mano y pensar, solo eso te estremece el alma, qué existe desde -¿siempre?-, y qué, tras tu marcha, seguirá existiendo muchísimo más allá de la memoria que te guarden las tres generaciones posteriores, eso de por si, ya es motivo(justificación) suficiente para, no solo amarlas, además sentir una especie de atracción casi patológica.

Esa piedra está ahí desde hace mucho antes de que nacieran esos tatara-tatarabuelos que nunca conociste y que por no saber, no sabes ni como se llamaban, ni donde nacieron, como vivieron ni por supuesto dónde y cómo terminaron sus días. Ya estaba ahí. Seguirá estando, cuando tú te vayas, tus hijos, tus nietos, sus hijos, y esa generación que ya ni siquiera conozca de tu existencia. Seguirá estando ahí. 

Observando. Testigo del tiempo y, esto es lo más estremecedor; presente, siempre presente.  Existe un ácaro (un extremófilo) que puede permanecer hasta seiscientos años técnicamente muerto, pero, ante la presencia de agua y ciertas condiciones ambientales, se "despierta" y revive. Seiscientos años.  Es como si hoy, aquí y ahora, reviviese Enrique IV, un Médici o el rey Cusco del Perú. Pues bien, esa piedra que coges en la playa, ya existía entonces y mucho antes... y existirá cuando estos tiempos, tu tiempo, sea visto con la misma distancia que aquellos.

Las caracolas de mar, para mi ya son el súmmun. En ellas se esconden todas las preguntas y a su vez  todas las respuestas. La evidencia de la proporción áurea, consecuencia del perpetuo, del eterno movimiento rotatorio de las galaxias, del universo mismo, ese reloj cósmico que nunca para. Que no puede parar.  Los físicos nos dicen que a nivel atómico en realidad nada se toca. Cuando rozas con tus manos la mejilla de tu hij@, a nivel atómico es como si lo hicieses desde Saturno. Solo percibes la energía interaccionando entre los átomos. Entre ambos mundos. Una sinapsis al fin de cuentas. Todo se reduce a energía. No hay nada más.

Quiero pensar, que las caracolas, no son en esencia carbonato cálcico, sino, arena de mar, arena de miles de piedras, molidas por el perpetuo movimiento de las olas... que se resisten a perder su forma corpórea tras ser licuadas, travistiendose en caracola, que ya en tu mano, atesora el secreto de los tiempos. De todo el tiempo. De cómo esa piedra que traes de la playa, te pervivirá a ti, al  mueble donde la dejes, más allá de la existencia de la misma vivienda, de sus cimientos, de su entorno, de su memoria. De tu memoria.

No me reproches que cada vez. Todas las veces. Que voy a dar un paseo a la playa, venga con algo. No colecciono piedras ni caracolas. No mi amor, son ellas las que me coleccionan a mi y, a ti.

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